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luis guillón - argentina

he venido en otro cuerpo, hay espejos que lo confirman. Y bien, qué debo hacer?, pues ni conozco el domicilio de este hombre que ahora encarno, mucho menos sus derechos y obligaciones. Tanto que decidir... y yo con este apuro por llegar adónde.
Quien despierte mañana en la cama que fuera mía, sabrá a qué atenerse?, acaso podrá dar un destino favorable a tanta obra al borde del abismo?
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Pasajeros de una ilusión (completo)



 

Gracias a Luis, Vivi, Eva; por prenderse en este proyecto de cuento grupal. A los demás les recuerdo que la invitación está abierta para próximas obras, en este momento Vivi inició una en el face de "Compañeros de vuelo" www.facebook.com/groups/163750140378476/ . Hasta la próxima


 

I

 

Luis A. Schor=  La tarde se hacía flaca en fulgores cuando los adoquines mordidos por el sol recibieron las primeras gotas redentoras. Las alcantarillas se tragaban los ríos y la mugre

(Teresita) se borraban las huellas prematuras, un vaho rancio dialogaba con los faroles resbaladizos. (Albin) en ese instante congelado sobre el lienzo, un grito cortó las penumbras, espantando a gatos y alimañas que se aprestaban a iniciar sus correrías noctámbulas, (Luis) pero nadie lo escuchó; la alcantarilla devora todo, hasta los suspiros

La muchacha miraba el agua correr hacia lo profundo. Recién llegada a la ciudad, su estupor se hizo grito de tanta soledad que la golpeaba. (Viviana) los adoquines azulados y pulidos no eran más que piedras, semejantes a las que en su niñez le habían servido de piso bajo el cielo del norte, pero allá, las aristas afiladas le dibujaron los pies a cortes, acá, eran todos redondeados para que las ruedas de los autos no se dañen... Allá arriba, corrían delgados y cristalinos hilos de agua entre la piedra cantando arrullos a la hora de la siesta, acá, la mugre hacía zigzaguear los fluidos al filo del cordón de la vereda hasta perderse en un profundo eco de la boca de tormenta. (Teresita) En los umbrales gastados se refugiaban los escasos caminantes, y mientras buscaba con la mirada algún rincón donde refugiarse, lo vio agachado junto al enorme bolsón blanco donde apilaba cajas de cartón plegadas prolijamente, indiferente a todo lo que lo rodeaba, su largo cabello renegrido caía sobre sus hombros, y su espalda ancha se dibujaba bajo la remera mojada. (Luis) Pensó: ¿eso me espera? ¿Lo que no se tragan las alcantarillas lo debemos juntar nosotros? ¿La ciudad es una enorme alcantarilla de plástico y cartón? Yo vine a trabajar! y ahora esto. (Albin) "esto" se llamaba Andrés y, como ella, era un extraditado de zona más oxigenada que vino a probar suerte a la gran ciudad. Nica supo todo aquello gracias a que el buen muchacho, sin abandonar su labor cartonera, se había pegado flor de julepe con el grito, y le preguntó si estaba bien.  (Luis) Sorprendida por el gesto del mozo, subyugada por su acento tan cercano al propio, atinó a confesarle que estaba perdida. Había tomado el subte en Retiro para acercarse a la pensión que le habían recomendado. La marea humana a la que no estaba acostumbrada la había sacado en alas en una estación incorrecta. De ahí en más, todo fue caminar arrastrando su valijita hasta que la lluvia la atornilló a esa esquina. Él la escuchó mirándola a los ojos, sin dobleces. Esa simple y noble humanidad la calmó. (Albin) Entonces, rebuscando en sus bolsillos encontró el papel arrugado donde figuraba la dirección a la que debía dirigirse, y se lo entregó a Andrés esperando que él pudiera orientarla, "Esto no es por aquí, y no sé dónde queda", le dijo devolviéndole la nota. "Yo vivo en una pensión acá cerca, si me ayudas a terminar con el laburo te acompaño y te presento a la dueña", agregó el hombre. (Viviana)Pero no hubo respuesta por un rato... Andrés acomodando su carga, volvió a inclinarse y a levantarse varias veces antes de que llegara la respuesta. Los ojitos negros y brillantes de ella no podían estar quietos recorriendo el espacio, queriendo abarcar toda aquella información que le bombardeaba el entorno, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pegado a la pared.

Lejos de parar, la lluvia se hizo más copiosa y aplastante, y entonces tuvieron que ser dos los que compartieran el minúsculo refugio que les proporcionaba la saliente del balcón de arriba. Y se quedaron quietos, uno al lado del otro, esperando... Andrés cada tanto relojeaba el bolsón que protegía a su preciada mercancía, Nica, apretaba contra la panza su humilde valija, y pensaba cómo haría para encontrar la pensión que le recomendó una de sus hermanas, a esa hora y con esa lluvia, o si sería mejor dejarse ayudar por ese desconocido que le parecía casi un familiar en aquel extraño escenario... Y el rostro aniñado de esa veinteañera tan lejos de su casa, su mama, su tata, se comenzó a mojar aún más.

Andrés era un muchacho rudo, curtido y acostumbrado al trabajo bruto, un joven que de chico tuvo que aprender a ganarse el pan diario sea como sea, y aunque en las calles de Buenos Aires se manejaba como pez en el agua nunca perdió la bondad que le enseñaron en su hogar. Esa lluvia pesada no era la misma que mojaba la tierra colorada del patio de su casa allá en Misiones, porque nada, nada, es como era allá.

Y ahí estaban los dos, cada uno absorto en sus propios pensamientos, hasta que un rayo irrumpió como un fogonazo en medio de la avenida. Primero se oyó el grito desesperado de ella y luego vino la respuesta esperada en forma de pregunta: "A dónde queda tu pensión?". (Albin) -Y...más o menos diez cuadras-, fue la contestación. La chica dudaba todavía, y la lluvia no amainaba ni un tranco. -Bueno, vamos-, cedió al fin, ya se le estaban inundando las zapatillas. -Tomá, ponete esto -, le dijo el muchacho entregándole una bolsa de interesantes dimensiones para que la usara como impermeable. Mientras intentaba hacerla pasar por su cabeza, iba deduciendo que Andrés era de pocas palabras y no reía fácilmente.

(Luis) Media hora después, decidieron encarar el torrente que bajaba por las calles. La valijita de ella, el gran bulto de él. Ricos de nada, desandaron el río urbano en su jangada. Rumbo a la pensión. Esperando el aclarar.

 

II

La voz de Pedro llamó desde el fondo de la despensa: -Nica, cuando termines de cortar fiambre, acomodá las latas de duraznos- Ella pensó: se olvidó de decir por favor, don Pedro...(Albin) masticando la rabia que le producía aquella forma de dar ordenes que tenía el viejo, fue cumpliendo automáticamente la tarea, su cabeza volaba otra vez hacia aquella noche lluviosa cuando en pleno desamparo apareció como por arte de magia ese muchacho grandote y de buen corazón que le dio una mano sin haberla visto antes.

(Vivi) Diez cuadras corriendo bajo el aguacero y el silencio de los labios de ambos, cada uno vigilando su carga, los rojos de los semáforos, los charcos que saltaban por los aires al paso de los vehículos y la duda de estar haciendo lo correcto... o no.

Una noche de trabajo arruinada por la lluvia... La sensación de no saber a dónde ir aunque seguía yendo... "Es acá. Vení pasá " La invitación implicaba docilidad de parte de la invitada. El muchacho sacó unas llaves del bolsillo y abrió la lastimada puerta de la pieza. "Vení, pasá" dijo nuevamente, mientras sacaba del roperito marrón una toalla prolijamente doblada. Nica secó su rostro y su cabello antes de volver a salir. Andrés cerró nuevamente la puerta y fueron a buscar a Teo, quien se ocupaba de alquilar los cuartos.

(Albin) Tuvo que abandonar los recuerdos para ocuparse de lo que estaba haciendo, ya se había cortado feo por no prestar atención, al poco tiempo de conseguir este laburo. (Luis) Se lavó las manos luego de cortar el fiambre. Le molestaba esa grasa tan diferente a la grasa de los animales, allá en Salta. Pero estaba contenta, había conseguido trabajo en tres días, gracias al bueno de Teo. Don Pedro era cabrero, pero buen tipo. Eso sí. Poco dado a la cortesía como buen porteño que era. Arrodillada frente a la estantería, Nica comenzó a ordenar las latas: a la izquierda ensaladas de frutas, duraznos en almíbar a la derecha. Mientras las colocaba se le ocurrió un jueguito: los duraznos eran su familia y sus amigos, allá en Orán; las ensaladas eran sus nuevas relaciones en Buenos Aires. Alternativamente iba colocando: mamá, al lado sus hermanos, bien a la derecha; del otro lado, Teo, Don Pedro, Andrés. ¡Andrés! ¿Por donde andaría? Después de aquella noche, la lluvia, la calle, las horribles alcantarillas... Casi no se habían visto. Claro, los horarios de ambos diferían...

(Albin)Teo estaba recostado sobre una mecedora algo destartalada en medio del patio que daba a las habitaciones, al ver acercarse a su cliente acompañado se incorporó para saludar. -Hola Teo, traigo una amiga que necesita un cuarto donde dormir, te presento a...¿cómo era tu nombre?. -Me llamo Nica-. Teo estuvo de acuerdo, tenía espacio de sobra en la pensión, con la malaria económica no llegaban muchos interesados. -Hay un problema-, interrumpió la chica, -estoy sin trabajo, pero puedo ayudar en la limpieza o cocinando para pagarte el alquiler-

 

(Luis) Nica acompañaba el movimiento de sus manos con un leve meneo de torso y cabeza. Cantaba, bajito salía el canto de su boca. A sus espaldas, Don Pedro la observaba. El canto, casi un susurro, lo había atraído. Era la primera vez que la oía cantar. A él le pareció una religiosa celebrando una misa íntima. Estaba comprendiendo que con Nica no había ganado una empleada. La chica traía algo más. El sentía que la canción, apenas musitada por la pequeña figura arrodillada delante suyo, creaba un raro clima de nostalgia, de lejanía. Pero no era hombre que pudiera soportar ese arrobamiento. Entonces tosió... Nica, sobresaltada por la tos de Pedro, pegó un respingo y se incorporó. Pedro comenzó una perorata didáctica: - Escuchame Nica, hay algunas cositas que tenés que saber. Hay tres clases de clientas. las que taconean, las que chancletean y las que no hacen ruido al entrar. Estas últimas son las mejores, compran, pagan y se van. Las que chancletean, ojo porque quieren charla. No te dejes enganchar con sus enfermedades y chismes, te comen la vida y no te dejan trabajar. Pero las peores son las taconeadoras. Generalmente son rubias, teñidas o no. Te miran desde arriba, como si fueses una cucaracha. Encima vos sos morochita ¡Y joven! Sus ojos siempre le están poniendo precio a todo: salamines, quesos, vinos, vos y yo. Elogiales el peinado, el vestido, el perfume, lo que se te ocurra. Pero no las mires a los ojos. Son muy jodidas esas...Cuando se van, podés echar desodorante de ambiente si el perfume era feo. Bah, siempre es feo y barato- Terminado el capítulo del Psicomanual Despensero, Pedro se la quedó mirando. Nica echó a reír y con un pestañeo, asintió.

(Vivi) A no más de 3 cuadras de la despensa rugía el tren de las 7, atestado, impregnado de olores a gentes de todo tipo, género y edad. "Y eso que estamos en verano!" susurró para sí mismo, pero Constitución siempre tiene su efervescencia particular. No llegó a detenerse la máquina cuando los pies de Andrés se plantaron de un salto bajando al andén. Con ciento veinte pesos en el bolsillo que el polaco le dio por la recolección de toda una noche; "...poco!", le había dicho al polaco, pero Andrés sabía que después que pasa la abundancia de las fiestas, no queda nadie en la ciudad y así como el papel de las oficinas el cartón se hace escaso.

Quería irse a descansar un rato, después de tanto patear se le antojaba tirarse en la catrera a oscuras en su pieza, a soñar otro futuro, a imaginar como es la "buena vida" de verdad. De pasada se le antojó una Cindor bien fría para amortiguar la cervecita que le convidó el polaco mientras hacían números, y enfiló al almacén de Pedro.

(Vivi) Al otro lado del mostrador, agachada, bajita, delgada, pelo negro enrodetado, apenas se la distinguía entre los bultos de la mercadería que debía acomodar. En el resplandor de la entrada se recortaba la figura del muchacho alto y corpulento que entraba despacio observando la heladera de los lácteos. Nica se incorporó y se sorprendió al verlo, un sobresalto grato que le agrandó la sonrisa.

(Luis)Cuando Andrés entró al negocio, Nica todavía rumiaba los consejos de don Pedro. Cuando pidió la Cindor, el patrón lo miró con desconfianza y extrañeza. Nica se la sirvió y bien bajito le dijo. -Esta noche me gustaría verte en la pensión. Así tomamos unos mates y charlamos. No te di las gracias por tu ayuda. La otra noche ¿Si?- y se quedó esperando la respuesta. Andrés no dijo nada, pagó y, (Albin) antes de irse, dejó en la mano de la muchacha un papel arrugado.

 

(Albin)  una semana estuvo haciendo la limpieza y cocinando en la pensión, había decidido establecerse en la gran ciudad como sea. Tuvo suerte, le tocaron compañeros de camino leales, porque después de la ayuda que recibió del misterioso Andrés, sin que este le propusiera algo a cambio, dio con Teo, quien a pesar de su aparente indiferencia, una mañana de buenas a primeras la encaró con: -eh amiga, veo que tenés ganas de laburar y sos responsable. Pero trabajar por el techo y la comida no te conviene, andate acá dos cuadras al almacén de don Pedro que me preguntó ayer si no tenía alguien para recomendarle, porque la empleada renunció-. Se puso contenta, las cosas empezaban a encaminarse

 

(Luis) Nica guardó el papelito en el bolsillo de la camisa mientras pensaba: ¿Por qué será tan parco? Podía responder ¿no? Ja, hombres...

En un descansito, sacó el papel de Andrés y lo leyó. Era un poema. O algo parecido. Raro, muy raro el poema. Triste, muy triste. Hablaba de estrellas caídas, de flores secas, de alcantarillas insaciables. Muy raro. Como Andrés

(Albin) -epa!, ¿de dónde saca estas palabras?, me cuesta entender pero sospecho que algo me quiere decir-, pensaba Nica después de alisar y leer a duras penas aquel manuscrito, que decía así:

 

Yo veía caer estrellas rotas

mientras las manos hacían

su labor a pesar de la hora,

entonces supe que vos venías.

Primero te escuché gritar

de miedo o de tristeza

me picó la curiosidad

y enmudecí ante tu belleza.

Ruido de alcantarillas

y aroma a flores secas

te dieron la gris bienvenida

sin saber que sos una reina

No supe qué decir

y para zafar improvisé

pero no para de latir

mi corazón por tu piel.

 

(Luis) El resto del día fue distinto para ella. Es que la cabeza se extravía cuando en ella resuenan ecos. Ecos de estrellas rotas, de preguntas obligadas ¿Quién era la reina? ¿Por qué Andrés le había dado el papelito? Justamente a ella. Si casi no se conocían. Tenía la sensación de que había aparecido una lata con un postre diferente. Y no sabía donde acomodarla. Tenía que saber, reconocer el postre, darle su lugar. ¡Qué rara era Buenos Aires...!. (Vivi) La puerta ajada de la pieza se abrió despacio. La Cindor quedó esperando en el borde de la mesa mientras el cuerpo todo cayó de lleno en la cama blanda. Le molestaba la luz de la ventana pero se la aguantó por un rato, por el tiempo en que duró la imagen de la salteña en ese recuerdo breve y feliz. Inmediatamente después le vino la comezón al pensar si ella habría leído el poema, si le habría gustado o no, y tantas otras cuestiones inherentes al asunto. El asunto era el tanto tiempo postergado, indiferente, sorpresivo y finalmente presente amor que empezaba a alumbrarle, casi casi, como el resplandor de la ventana. Se levantó de un salto y corrió las cortinas. Sirvió la chocolatada y la tomó de un tirón. Enseguida lavó el vaso y volvió a la cama,  volando hacia ella oyó ese susurro que lo invitaba a unos mates, una conversación... se quedó dormido. (Luis) Dos suaves golpes en la puerta lo despertaron. La carita linda de Nica le borró todo rastro de sueño, -tengo fiambre que me dio Don Pedro. ¿querés comer conmigo?- ella hablaba y sonreía. -Ya voy, me lavo un poco y estoy con vos- fue la respuesta de Andrés. Sándwiches y mate, esa fue la cena en el patio de la pensión. Mientras comían, desgranaron sus historias. Las deglutían como si fuesen parte fundamental de la cena. Una luna curiosa les plateaba el diálogo

Andrés contó que tenía 24, que se había ido de la villa en la que vivía su familia. Había escapado del amontonamiento, del alcohol del padre y el "paco" de sus dos hermanos mayores. Llevaba lo que podía a la madre y a su hermanita. Y poca cosa más tenía para contar. Cirujeaba, ...¿qué más podía hacer?

Ella le dijo de su vida en el campo, allá en Orán. Lo que era trabajar como brutos en el tabacal para conseguir tan poquito. Del carnaval, el talco...los bailes y las estrellas.

-Yo bailo bien, mi tatita me enseñó la zamba ¿querés que te enseñe?- Nica hablaba mirando el piso, como con temor a molestar.

Andrés lanzó una carcajada. La primera que ella le oía

-¿Zamba, yo? jajaja. No, soy de madera.-

Ella tenía una pequeña radio portátil. Buscó el programa folclórico que escuchaba siempre. Cuando una zamba sonó en el aire, se paró y comenzó la danza. Sola. El la miraba como si Nica tuviese alas, se sentía flotar en esos pasitos. El ritmo, los cinco golpes del bombo, la noche, la luna, la danza, ella...la vida. Buena vida. (Vivi) Un repasador a cuadros le sirvió de pañuelo, y aunque no llevaba falda se movía con tanta gracia que no se notaba. Suave su mirada negra y profunda recalaba entre donosos compases en los ojos del moreno que seguía atentamente cada movimiento, cada detalle de su talle pequeño, y parecía que de la danza brotaba en la pieza un perfume nuevo. (Luis) Al terminar, ella le dijo: -Me estuviste mirando todo el tiempo ¿Viste? Ya aprendiste lo fundamental de la zamba. El hombre nunca le debe sacar los ojos de encima a la prienda. Nunca la traiciona...Los pasos vienen después, es fácil...ya vas a ver-. Todavía no lo sabían, pero esa noche cada uno llevaría un pequeño tesoro a su cama. Ella, un poema escrito en un trocito de papel cirujeado. Él, un revoloteo de paloma, unos piecitos morenos y descalzos dibujando un laberinto donde valía la pena perderse.

(Vivi) La almohada llena de sueños, llena de miedos, llena de ilusiones. Nica se fue volando hasta ver los cerros de Orán arropados de nubes, más abajo el perro overo, el telar santo de su madre, el puñadito de cabras de su padre. Voló hasta el patio de tierra y piedras donde le quedaban hermanos, los amigos de toda una vida, y en algún rincón del rancho se abrazó al poncho tibio que aún la estaba esperando. La zamba la había inspirado, pero también avivó el recuerdo de todo aquello que era su vida, tan a flor de piel los sentía que se abrazó a la almohada y la empapó en silencio. La pieza de Andrés era como una burbuja en la que nada ni nadie podía penetrar. Estaba sellada por el encanto de esa noche, de esa cena humilde compartida en un lugar que nunca se hubo compartido. La recordaba mojada, la primera noche en que sus almas se vieron; la recordaba asustada y paralizada por el miedo bajo el aguacero; la recordaba limpiando los pisos del pasillo de la pensión, tan diminuta y guapa!; la recordaba saliendo detrás del mostrador,  invitándolo a comer; la recordaba mujer en esa zamba mágica... la recordaba...

 

 


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